
El caso es que hace dos semanas me agencié (y ayer devolví), cortesía de un ex-combatiente, uno de esos aparatejos marca apple que se venden por todo el planeta, repletos de singles y hits de radiofórmula. Y he de reconocer, que desde entonces, bajar desde Sarrià hasta la Diagonal cada mañana, ha modificado mucho el panorama.

Tanto, que es empezar el día de otra manera. Observar la jungla urbana, con sus embotellamientos, sus espacios verdes llenos de colillas o su gentío individualista corriendo hacia sus cubículos de 8 horas, con una banda sonora en cada tímpano, provoca que comiences a respirar de otra forma. A andar de otra forma. A mirar de otra forma, e incluso a pensar de otra forma.
En definita, que nada de esto es lo que parece, y que nada de esto hubiera sido posible sin ese grupo de Vancouver, llamado The New Pornographers. Con cuatro discos a sus espaldas, y definidos como una "superbanda", los canadienses son la cura para todos los males de este mundo. De ello fui testigo el día de San Francisco Javier del pasado año en la Sala Apolo. Llámalo powerpop, pop naif o indiepop, pero A. C. Newman y los suyos son los artífices de las mejores melodías del este siglo, a pesar de que no gocen de la popularidad que merecen (véase casos similares como el de Fountains of Wayne).
Una de mis favoritas es The ballad of a comeback kid, que durante estas dos semanas le ha dado el color que el recorrido habitual de cada día venía suplicando.
